Emisora Virtual de la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción

 

¡DICHOSOS LOS QUE ESPERAN EN LA MISERICORDIA DEL SEÑOR!

 

Desde el año 2000 cada segundo domingo de pascua la Iglesia viene celebrando la fiesta de la Divina Misericordia.

Fue el Papa San Juan Pablo II quien quiso que especialmente durante la pascua el mundo pudiera contemplar la misericordia divina que se desborda de amor por el hombre.

¿Cuántas veces nos han hablado de misericordia?, ¿cuántas veces nos han hablado de sus definiciones?, ¿cuántas veces nos han hablado del mayor acto de misericordia de Cristo en la cruz?, ¿cuántas veces se nos ha invitado a ser misericordiosos con nuestros hermanos? Seguramente muchas.

Nos hemos llenado de definiciones y conceptos; racionalmente sabemos todo sobre la misericordia, pero ¿en realidad nos hemos permitido experimentar esta infinita bondad?

“Pero Dios que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados! (Efesios 2: 4-5)

Nos ama infinitamente, es un Dios que nos ama como lo dijo el Papa Juan XXIII con un amor de madre; y el amor de madre no señala, no juzga, este amor solo ama y deja desbordar su perdón y su bondad.

Podemos pensar a veces que ya no merecemos el perdón y el amor; nuestros pecados nos vuelven esclavos del pesimismo y hacen que nuestra mirada no sea dirigida a Aquel que es infinita misericordia.

En este gran domingo el resucitado nos invita a volver los ojos a Él prometiéndonos amor, mucho amor:

¿estás hundido en la depresión? Vuelve tu mirada hacia Él.

¿has sentido como la soledad destruye tu vida? ¡alégrate! No estás solo, prometió que estaría contigo todos los días hasta el fin del mundo.

¿estás perdiendo la esperanza? Él hace nuevas todas las cosas.

¿No te sientes perdonado? Un corazón quebrantado y humillado nunca es despreciado.

En su misericordia están todas las respuestas. ¡convenzámonos de eso!

No hay error que no se pueda perdonar, la misericordia del Señor toma nuestros pecados y los arroja hasta lo más profundo del mar. Dejó que su corazón fuera traspasado en la cruz para que la humanidad entera pudiera contemplar la gran ternura y compasión que siente por sus hijos.

Que nuestro corazón pueda abrirse a vivir la experiencia del resucitado para que de nuestras bocas salgan las dulces palabras del salmista: “Bondad y amor me acompañarán todos los días de mi vida” (Sal 23,6)

Y que al final de nuestras vidas cuando nos encontremos rostro a rostro con el maestro, podamos decirle: grandes han sido mis pecados, y grande ha sido tu misericordia.


Autor: Seminarista Sergio González
I año de Discipulado

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