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“No está aquí, ha resucitado” (Mt 28,6)

 

Hoy la muerte es vencida por el Rey, la vida triunfa sobre el poder de las tinieblas, y el corazón del hombre se llena de inmensa alegría.

“Si Cristo no hubiese resucitado vana seria nuestra fe” (1Cor 15,14). El mundo cristiano celebra hoy su mayor fiesta y conmemora el acto sublime de la resurrección de Cristo; en donde está cimentada su fe.

Ahora ya no hay espacio para el dolor, el Nazareno se levanta vencedor del sepulcro y sale a nuestro encuentro para darnos la gran noticia que también dio al buen ladrón antes de su muerte: “Estarán conmigo en el paraíso”. Las puertas del cielo han sido abiertas con la llave de la cruz y todos estamos llamados a atravesarlas y compartir la gloria de aquel que nos hizo a su semejanza.

Como el apóstol Pablo en la carta a los Corintios, podemos exclamar: ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?, ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? (1 Cor 15,55). Los ojos ya no están llenos de lágrimas de tristeza, por nuestras mejillas corren lágrimas de gozo, pues por un hombre hemos sido arrebatados de las garras del pecado y de la muerte. Ya no les pertenecemos; ya no nos pueden llamar sus esclavos porque fuimos liberados por el varón que nos ha amado hasta el extremo.

Ante la situación de cruz que como humanidad atravesamos, podríamos preguntarnos si en realidad Jesús está vivo, si en realidad venció la muerte y está a nuestro lado. Pareciera que un virus opacara la alegría de la pascua, y que todas las esperanzas hubiesen quedado truncadas en el sepulcro. La pandemia cada vez ataca con más fuerza, y como hombres podemos sentirnos abandonados y con miedo.

Nuestra situación es similar a la de los discípulos, ellos estaban encerrados por miedo a correr la misma suerte que Jesús; nosotros estamos encerrados para evitar un posible contagio de esta enfermedad, ellos se sintieron desprotegidos al ver al Señor en la cruz; ahora algunos quizás sientan el abandono de Dios al ver como un virus doblega al mundo a sus pies.

Pero después de que todos estos sentían como su esperanza estaba por el piso, se les aparece el Resucitado lleno de gloria y les trae la paz.

Imagino en esta escena el rostro de Jesús irradiado por una sonrisa dulce, a los discípulos con lágrimas en los ojos renovando su esperanza y su fe, a la Virgen María confirmando las palabras de aliento que en ningún momento dejó de dar a sus nuevos hijos; y también entre lágrimas recordando las palabras del anciano Simeón: “Éste está destinado para caída y elevación de muchos en Israel” (Lc 2,34).

En esta pascua en donde estamos reunidos como los discípulos, Cristo viene triunfante trayéndonos la paz en medio de su mirada penetrante y dulce.

Estamos seguros de que, al pasar con Él por el dolor de la cruz, también pasaremos con Él por la alegría de la resurrección.

De una manera especial quiso Dios que viviéramos la cuaresma que acaba de terminar; compartimos seguramente el triduo pascual más doloroso que hayamos podido vivir, tengamos entonces la certeza de que nuestra pascua será una de las más gloriosas, y en la que podemos cantar con el salmista: “es el señor quien lo ha hecho” (Salmo 117,23).

María, madre del dolor y la alegría, siempre dijo Sí; aceptó los gozos y las tristezas que recibiría al convertirse en la madre del Salvador; le vio pendiente del madero de la redención, le vio destrozado por nuestras culpas y aun así nunca perdió la esperanza.

La Reina de la pascua ahora intercede por nosotros, para que como ella podamos cantar las grandezas del Señor, que resucitó prometiendo “estar todos los días con nosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Renovemos nuestra esperanza y “que la alegría de estos días afiance aún más nuestra adhesión fiel a Cristo crucificado y resucitado”. (Benedicto XVI, audiencia general, RG, marzo 2008).

¡Felices pascuas de Resurreción!.

Autor: Seminarista Sergio González - I año de Discipulado

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